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Tatuaje de colores

Escrit per C. Balagué (alumna de Batxillerat)

El 8M también es un momento para recordar que todas las identidades sexuales disidentes son víctimas del patriarcado. En este artículo, evocamos las emociones que nacieron tras la manifestación en Barcelona en memoria de Samuel Luiz, el joven que fue brutalmente asesinado por homofobia el pasado verano

De camino a casa, con mi chándal gris y mi sudadera marrón preferida, escuchando música con mis auriculares inalámbricos, de repente, vi un anuncio en el móvil que decía que ese mismo día a las siete de la tarde había una manifestación contra la homofobia en Paseo de Gracia. Al ver esa publicación me entró una gran impotencia. Me parecía injusto tener que luchar por algo que no debería ser un problema. Mi ira se agravaba y se transformaba en una gran opresión en el pecho y a la vez mi tristeza se escondía en forma de lágrimas detrás de mis párpados. Nunca había ido a una manifestación de esta índole, así que ¿por qué no ir?

En menos de una hora ya estaba bajando del autobús a unas travesías de Paseo de Gracia. Las calles de alrededor estaban cortadas debido a la movilización. Yo estaba ilusionada e intrigada para ver con qué me encontraría.

Mientras me dirigía hacia allí guardé los auriculares en la riñonera y cuando levanté la cabeza vi a una gran multitud de gente alzando pancartas y banderas del colectivo. Además, se escuchaban palmadas, silbidos y mucha gente gritando. Delante de todo había un grupo de personas con un gran cartel y en frente un pequeño grupo de personas haciendo fotos y grabaciones, parecían periodistas. Me adentré en la muchedumbre y me uní al coro. Rodeada de gente llena de colores, me fijé en una chica joven que se sentaba en los hombros de un chico más mayor que llevaba la bandera de la transexualidad como capa. También vi una pareja de dos mujeres, una negra con el pelo corto y una blanca que con su mano izquierda alzaba un palo de escoba que mantenía firme la bandera con sus seis vivos colores. A medida con la que iba andando me iba fijando en cada persona que me topaba. De nuevo, me sorprendí al ver un señor con el pelo canoso, que me hizo pensar que ya debía estar jubilado, gritando con los demás. Después de desplazarnos un poco más la chica que llevaba el megáfono empezó a gritar una frase que se me quedó grabada, decía así: “en cada ventana hay una lesbiana y en cada balcón hay un maricón”. Feliz de ver todas esas personas ahí que creían en lo mismo que yo, seguí avanzando.

Encontré un banco vacío al que decidí subirme para ver a la gente desde más arriba. Entonces observé como centenares de personas hacían del paseo de Gracia un mosaico colorido, era increíble. Miraba a lo lejos y veía todo de cabecitas y banderitas que se agitaban. Saqué mí móvil para grabar ese momento, aunque tenía claro que no hacía falta tenerlo en la galería para recordarlo siempre.

Bajé del banco y caminé hasta llegar donde la gente ya se estaba dispersando. Me paré un instante a pensar, miré la hora y finalmente decidí irme hacia casa de mi tía donde me esperaban mis primas y mi madre. Así que me aparté de la multitud y empecé a caminar por la calle Valencia hacia Roger de Llúria. Una vez más, me giré y observé a mi alrededor. De repente un escalofrío me recorrió todo el cuerpo y al instante noté como una lágrima trazaba un camino sobre mi rostro. Cada voz, cada grito, cada pancarta hicieron que la emoción me embargase ese jueves 22 de julio, día que hoy aún me conmueve.   

Redactor junior

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